Luis Guillermo Navarrete Delgado
Hace unos meses en el contexto de un curso de capacitación en nuestra escuela, la profesora que nos estaba dando el curso, en una de las sesiones, nos presenta un video motivacional a fin de generar un diálogo entre nosotros sobre el tema de la diversidad. En el video se observaba a un grupo de padres con sus hijos que eran invitados a participar en un juego educativo. Ellos se sentaban frente a una gran pantalla, separados por una especie de biombo, imitando los diversos gestos que una variedad de personas iban mostrando en pantalla. Así fuimos observando como, padres e hijos, se entregaban sin problemas al juego educativo, hasta que en las últimas imágenes aparece una niña con discapacidad múltiple que sentada en una silla realizaba movimientos con sus manos y su rostro propios de su condición de discapacidad. Los padres se paralizaron y dejaron de imitar los gestos. En cambio los niños continuaron con toda naturalidad imitando lo que hacia esta niña. Terminada la presentación, volvimos a ver nuestros rostros en la pantalla de zoom. Al ver cada una de nuestras caras, ellas dibujan diversas sensaciones ante lo visto. El rostro de una de las colegas llamaba profundamente la atención pues se encontraba emocionada hasta las lágrimas. Me quedé sorprendido de verla tan emocionada. El video era bueno, pero ¿sería como para estar tan emocionada?. La profesora que dictaba el curso, sorprendida también por esta reacción, le pide que nos comparta su parecer sobre lo visto, buscando tal vez en ello comprender tanta emoción. ¿Qué le había pasado a nuestra colega?, pues bien ella se encontraba junto a su hija, que debe tener unos tres años, quien se había puesto a imitar los gestos tal cual fueron apareciendo y al igual que en el video los siguió realizando sin problemas cuando había aparecido esta niña con capacidades diferentes. De ahí su emoción y las lágrimas. Debo reconocer, que al ir explicando lo sucedido, cual más cual menos, todos nos emocionamos con lo que había vivido nuestra colega con su hija. Este fue el punto que inició una hermosa reflexión por parte de todos sobre cómo hemos dejado, lamentablemente, de “ser como niños” y nos volvimos en “adultos” desconfiados, con caras tristes, llenos de angustias, agresivos, incomprendidos, con una y mil caretas representado lo que no somos. Preguntándonos, ¿qué nos pasó que cambiamos tanto?.
Por eso, estas palabras de Jesús: “Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque el reino de los cielos es para los que son como ellos”. (Mateo 19,14), cobraron mayor sentido para mi a la luz del relato antes señalado. Este llamado de Jesús a ser “como” niños no significa que un adulto se transforme en alguien inmaduro. Tampoco se trata de fomentar infantilismos. No se trata de regresión o de fijación en una etapa infantil. Ser “como” niños a la luz del evangelio, es poder integrar en nuestras vidas las actitudes de sencillez, espontaneidad, sorpresa, alegría y agradecimiento. Estas son las actitudes exigidas a los discípulos de Jesús, pues son las únicas que nos permiten abrirnos en receptividad confiada e incondicional ante Dios.
A poco de celebrar un nuevo “día del niño” los quiero invitar, más allá de estar de acuerdo o no si es un día comercial inventado para lucrar por parte de algunos, a poder reflexionar si como cristianos estamos siendo “como” niños como nos pide Jesús. No es menor nuestra respuesta, pues de no serlo no será nuestro el reino de los cielos. ¿Qué ha pasado en nuestra vida?¿En que adultos nos hemos convertido?¿Nuestra actitud de vida espiritual es la de un niño?.
Sin confundirnos por favor, no se trata de vivir una fe llena de niñerias, sino una fe que acepta a Dios y la salvación que Él nos ofrece como un regalo gratuito de su infinita misericordia por cada uno de nosotros y no como un premio por los esfuerzos o méritos realizados. Una vez más Jesús va por un camino muy distinto al de este mundo, lleno de apariencias, de buscar los primeros lugares, de poner nuestra confianza en el poder de cuanto tenemos o poseemos.
Hemos dejado de ser “como” niños. Así Jesús, siento yo, meses después, me daba la respuesta a la pregunta que nos hicimos en el curso de capacitación, cuando nos preguntamos que nos había pasado que cambiamos tanto y nos habíamos vuelto en “adultos” que hace rato no nos reímos de buena gana, insatisfechos, que nada nos sorprende, encerrados en nosotros mismos e indiferentes a lo que sucede a nuestro alrededor.
Por eso volvamos a ser como niños. Si, lo has leído bien, a ser “como” niños. Volvamos a mostrarnos tal cual somos sin preocuparnos de las apariencias, como cuando éramos pequeños que nada nos importaba, ni la marca de nuestra ropa, ni la apariencia física, ni el dinero que teníamos en nuestros bolsillos. Volvamos a jugar, a gozar con las cosas simples de la vida y con las cuales éramos tan felices, como en aquellos días en que corríamos contentos tras una pelota hecha de trapo o de hojas de cuaderno. Pero, por sobre todo, volvamos a confiar en Dios, como en aquellos días de nuestra niñez en que colocamos en Dios todo lo que nos pasaba: que ganara nuestro equipo favorito, que se fijara en nosotros la niña que nos gustaba o que llegará para la navidad la bicicleta que tanto anhelamos. Estoy cierto que eran cosas muy básicas, muy simples, no muy profundas desde el punto de vista de la fe, pero llenas, si, muy llenas de confianza y abandono en las manos de Dios, como un niño que confía ciegamente en sus padres y se deja conducir alegremente por ellos. Volvamos a ser como niños, pues solo así podremos entrar en el reino de los cielos.




