El escudo está compuesto de cuatro imágenes dos en la parte superior y dos en la parte inferior. De las que se encuentran en la parte superior (de izquierda a derecha) encontramos la primera de ellas, se observa una vasija u olla tomada por dos manos, imagen que representa el valor de la comunidad como centro, la entrega, la disposición a servir y trabajar por el prójimo. Dadora de vida y alimento tanto corporal como espiritual. Representa la labor incansable realizada por los más pobres y marginados en la Matriz de Valparaíso, la dedicación de vida de un antes que se proyecta a un después para San Felipe.

En diagonal, parte inferior derecha, dos manos que se acogen y estrechan, una más tersa que toma otra más añosa, representa el trabajo, el recorrido de la vida, de la sabiduría, de las enseñanzas y de la misión asumida junto con el presbiterado. Es signo del tiempo, de la acogida, de la entrega personal y espiritual al prójimo, a seguir el camino de Cristo en esa mano atemporal, que, a pesar del cansancio te levanta e invita a seguir sus enseñanzas y a no claudicar en la misión encomendada.

En la parte superior derecha, una afluente de agua que cae desde las piedras, piedras fundacionales de la Iglesia, de las cuales brota la vida en la fe. Representa la incorporación a la Iglesia, la purificación, el espíritu de Dios que corre incesantemente, no se estanca, por lo que siempre se renueva cayendo a acoger a todo el que le necesite.

En diagonal al afluente de agua, en la parte inferior izquierda, una escalera que llega a una puerta de donde emerge luz, representa el caminar en misión y la recompensa al servicio y trabajo, la esperanza de la vida eterna, de llegar a un cielo luminoso, abrazador para ubicarse junto al Padre. Es la misión de cumplir las enseñanzas sin desviarse del camino, de anunciar la buena nueva a todo aquel que quiera escuchar. Es una puerta que invita a entrar, que acoge.

El escudo fue diseñado por una joven ilustradora chilena, Gabriela Sánchez Castillo, de 16 años, que vive en Rancagua.